viernes, 17 de abril de 2009

Sal o pimienta


La prensa del corazón y sus "protagonistas"...

De vez en cuando dan ganas de gritar maldiciones contra los reportajes y preguntas de los "periodistas" del corazón, o de las tripas, o del higado, o como demonios se llame esa clase de periodismo. Cada vez nos preguntamos más indignados quiénes son esas Belenes, Yolas, Nurias, Consuelos, Maricielos, Marias Josés, Jesulines, y demás patulea que sale periódicamente en los programas "del corazón" para cobrar y seguir viviendo a costa de los demás. Y privándonos en la cadena que seguimos habitualmente de otro programa más instructivo, divertido o cinematográfico. Pero esas cadenas de TV siguen dedicando espacios 'prime time'a unas intimidades que nos traen sin cuidado a la mayoría de los ciudadanos y, a veces, hasta nos indignan. Por ejemplo, hay una moza "ejemplar" que dejó de serlo con un torero, de quien tuvo una hija, y de cuyo "polvo" (perdóneseme el palabro)está viviendo desde hace más de 10 años.
Pero no es sólo éso. Son también los reporteros con sus preguntas tipo "¿A qué viene, duquesa, a Madrid?. ¿A ver a Alfonso?". Y la duquesa ese día no abrió la boca, pero era para haber respondido "Y a ti ¿qué coño te importa?". Pero la Duquesa es mucha duquesa. Y mucho el legado que tiene que administrar y vigilar y cuidar como para hacer un viaje sólo para un mimito... Otros personajes se indignan presuntamente ante los reporteros, pero no tienen la suficiente agudeza para contestar con alguna frase que les haga desistir de su empeño: "Perdone que no le conteste,pero es que no quiero inmiscuirme en mis propios asuntos".
Y, por último, son las "figuras" que fueron y no son, los "hijos de", los "nietos de", los nuevos ricos y los ricachones que siempre alardearon "de"...
Y contra uno de estos "nietos de", figura mediática donde las haya y protagonista periódica del corazoneo y del tripeo ha escrito Arturo. Así, a secas, porque ya le conocemos por su patente de corso. En su sección así titulada en un dominical, Arturo Pérez Reverte ha descrito mejor que nadie este tipo de prensa a propósito de un artículo publicado en la revista-modelo del medio... Queremos difundirlo, por su pluma, su ingenio y su...mala uva. La misma que se nos hubiera generado nosotros si hubiéramos dedicado unos minutos a ojear esa revista:


La nieta gorilera ARTURO PÉREZ-REVERTE | XLSemanal | 12 de Abril de 2009


Vaya por delante que no tengo nada en contra de que una nieta del general Franco se gane la vida. Lo mismo me da que se la gane ella que una nieta del general Miaja, del general Von Paúles o del general Motors. Cada cual se lo monta como puede. Lo que me calienta la recámara es que me fastidien el desayuno. Como saben los veteranos de esta página, el arriba firmante desayuna crispis con un vaso de leche –dejé el colacao hace un par de años– y hojeando revistas del corazón. Para alguien que, como es mi caso, apenas ve la tele, esos quince minutos mañaneros son una forma como otra cualquiera de pasar el rato echando pan a los patos. Me entero, por ejemplo, de cómo es de grande la biblioteca de Julio Iglesias júnior, de quién es el último pavo que trabaja en la bisectriz de Ana Obregón, o de si las camisetas ceñidas del duque de Lugo necesitan o no wonderbrá. Cosas así. Me pongo al día viendo fotos, como digo; y en ese ratillo me ahorro incontables horas de telemierda.

Lo de Carmen Martínez-Bordiú, sin embargo, me supera. Me refiero a su desvergüenza mediática. Cada vez que, en ciclo siniestro e inevitable, la veo ocupar una portada del Hola –viaja más que Phileas Fogg– me pregunto qué hemos hecho los lectores fieles para merecerla. Sobre todo me pregunto por qué mi prima, y no otra. Cuál es su glamour. Su magisterio intelectual. Sus poderes. El gancho fotogénico y periodístico de una señora que tampoco es, puestos a señalar, Elsa Pataky ni Elena Cue –esas portadas no me atragantan los crispis, fíjense–, y cuyas declaraciones, toque lo que toque, son más elementales, querido Watson, que el mecanismo de un sonajero. Todavía recuerdo, de cuando el Prestige, esta honda y comprometida declaración suya: «Si tuviera una pala, iría a Galicia a recoger chapapote». Pero claro. No pudo ir, la pobre. No tenía pala, y la ferretería pillaba lejos.

La última es para enmarcarla: «Carmen Martínez-Bordiú relata su fascinante aventura entre los gorilas de Uganda». La relata ella, ojo. O eso cuentan. Escribiendo con sus deditos, palabra a palabra, un conmovedor viaje al corazón de las tinieblas, en plan Joseph Conrad, o casi: «Sabía desde el principio que iba a ser un viaje difícil y duro, pero que también sería una experiencia única». Guau. Pero no crean que esta vez es como aquella otra, la última o penúltima, cuando salió vestida de beduina sahariana –diez o doce páginas diciendo simplezas a todo color– para explicarnos que la paz del desierto la reconfortaba mucho espiritualmente. No. Ahora es más profunda. Se ha currado el viaje, documentándolo como una erudita. Eso la lleva a deducir, ante el paisaje africano, que «debió de ser con vistas semejantes cuando Churchill dijo de Uganda que era la perla de África». Nada menos, oigan. Churchill. Leído en sus memorias, supongo. De cualquier modo, de todo el crudo relato de la fascinante aventura gorilera, me quedo con el calvario que pasó Carmen para llegar a su objetivo: «Vamos camino de la selva impenetrable. Todavía no sé cómo puedo escalar con un palo en la mano y con la otra agarrándome a las lianas». Y luego, como sorpresa por completo inesperada, la enriquecedora aventura humana: «En nuestro recorrido nos encontramos con una comunidad de pigmeos». Tremendo. Y es que la imagino abriéndose paso a machetazos en la espesura procelosa, chas, chas, chas, como Stewart Granger en Las minas del rey Salomón, hasta cortarle, por descuido, la trompa a un elefante; y al elefante indignado, diciéndole con acento nasal: «¿Tú estás tonta, o qué?». Y luego, más adelante, me estremezco al imaginarla de nuevo, dándose de boca, de pronto, con una inesperada tribu de pigmeos feroces que pasaban por allí, casualmente, dedicados a lo suyo. A hervir misioneros y cosas asín. Qué valor, recórcholis. Qué apasionante aventura, santo cielo.

Pero lo mejor, de aquí a Lima, lo juro por Arturo, son las imágenes. Dudo que si no las han visto puedan valorarlas comme il faut: Carmen vestida de coronel Tapioca, con distintos modelitos según cada momento de la epopeya. Carmen de bwana blanca en la raya ecuatorial. Carmen con un bolso precioso en un descanso selvático. Carmen con otro bolso monísimo y una catarata detrás. Carmen con hipopótamos al fondo y una camisa divina de la muerte. Carmen sobre un puente de tablas y lianas, como Indiana Jones. Carmen con un rinoceronte al fondo y una botella de Lanjarón, o algo así, en la mano. Carmen en primer plano con una pocholada de pañuelo al cuello, y al fondo, chan, tatachán, gorilas en la niebla. Y gorilos. Todo eso, con la silicona impecablemente maquillada, sin una arruga en la ropa, y con cinco vestuarios y cuatro sombreros diferentes, que son los que he contado en las fotos. Por lo menos. Lo que fuerza a preguntarme si se cambiaba delante del macho Alfa –yo no lo haría, forastera– o los negros le llevaban un biombo.

3 comentarios:

Palmiro de Palafox dijo...

La prensa del corazón no tiene corazón. Ni entrañas. Ni vergüenza: es una prensa sin. Es una bebida excitante para marujas pero también para intelectuales solapones y mentirosillos. Arturo nos ha descubierto a todos y hace bien en fustigarnos. ¿Los académicos no ven la teleescote o tele del ombligo para abajo? Embusteros ellos, que le pregunten al share con el pobre león de los documentales de la 2 muerto de risa. ¡Esto tiene mucho tomate!

Meg dijo...

Pero mucho... Lo malo es que seguimos sibiendo el porcentaje de estos espacios basura. Si no fuera así, no durarían en horario estelar ni un minuto. En cuanto bajase la audiencia un 3 % los anunciantes cambiarían de espacio y el programa acabaría en la basura, donde debe estar. Pero... audiencia manda, amigo.

Tarquin Winot dijo...

Que grande es Don Arturo. Le tenía un poco abandonado, pero has vuelto a encender la mecha de la pasión. Besos.