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domingo, 21 de febrero de 2010

HISTORIAS DEL BANDOLERO




ENREDARSE EN LAS PALABRAS

   He ido a la cueva a ver si  deshacía el malentendido del otro día. No estoy tranquila desde entonces. Malentendí uno de sus consejos y me sentí ofendida. Estaba sentado en la puerta comiendo un trozo de queso con su navaja guadixeña,  mirando hacia el camino por donde yo subía muy lentamente. A veces pesa la cuesta y él dice con sorna que no, que lo que pesa es el cuerpo.

   Así me juega con las palabras y luego yo las malentiendo. Pero la verdad es que no sé si somos interpretados como queremos y pensamos o esto resulta imposible y acaban malentendiendose siempre  nuestras palabras. ¿Somos capaces de expresar bien los pensamientos o los deseos o los razonamientos?. ¿Somos capaces de expresar la belleza tal como es, o son los ojos de los demás los que ven lo que ellos quieren, sin entender a las palabras?. ¿La rosa es rosa porque se llama así o se llama así porque es una rosa?. Si se llamara de otra forma, ¿seguiría siendo una rosa o sería algo distinto?. 

- Seguiría siendo una rosa. Y seguiría emborrachándonos con su perfume. Y seguiría siendo una flor y, una vez cortada, un cadáver decorativo. ¿Valdría para otra cosa si la rosa se llamase diferente?.  Le oí una vez a un extranjero de ojos rasgados un proverbio con las palabras justas. "Es más bello un clavel que una col, pero intenta hacer sopa con un clavel..."

   Lo que pasa es que a veces nos enredamos en las palabras y es lo mejor que nos puede pasar, porque entonces significa que las vivimos.  Me devolvió un libro de poemas que le había prestado, donde la juventud era un tesoro divino perdido, y donde se empuja a andar haciendo camino.  Como el que ha hecho durante toda su vida el bandolero. Me acordé de uno de los versos, y entonces me adentré en mis pensamientos:

-- Dios, cuánto camino he hecho a lo largo de esta larga vida... Lo peor es que, a estas alturas, todavía no sé adónde conducen...
-- Y ¿Qué te importa ahora a dónde llevan esos caminos?
-- Porque me gustaría saber si seguí el sendero que debía de seguir...
-- Cuando emprendes un camino o eliges en una encrucijada, ya estás siguiendo el camino debido. Nadie nos dice por dónde hay que andar. Somos nosotros los que nos perdemos siempre en el sendero. Y nosotros los que decidimos por dónde encaminar nuestros pasos perdidos... Por tanto, ése es el buen sendero, el que escogemos para salir de la encrucijada y llegar a algún sitio...

    No sé si le ha afectado el libro, si quiere animarme o quiere decirme algo que no capto en la madeja de palabras y pensamientos. Lo que sí ha entendido es que la poesía es palabra y emoción y sentimiento... No se puede separar ninguno de los conceptos de esa telaraña que forman los vocablos, las palabras, los sonidos articulados. Me sacó de mi ensimismamiento con la voz queda:

-- El que más me ha gustado  es el del ojo...
-- ¿Cuál?
-- El ojo que ves no es 
ojo porque tú le veas, 
es ojo porque te ve...

   Volvemos a la madeja de las palabras enrededadas. Al nombre de la rosa. Al nombre del ojo... Pero ¿habrá entendido lo que quiso decir el poeta con sus versos?. ¿Entendemos, realmente, lo que quieren decir los demás con sus palabras?. Nos hemos quedado mirando el uno al otro, y casi al mismo tiempo hemos levantado los hombros y hemos arqueado la boca hacia abajo.

   He acabado comiendo queso con él. Y cortando hierba para colocar el tasajo encima y perfumarlo...Como hace él.

(Dibujo ojo: charlieasecas.com)

domingo, 3 de enero de 2010

Historias del bandolero





Dar y recibir


He aprendido muchas cosas del bandolero, desde que me topé con su ¿espectro?, una noche de luna llena en la serranía. Una de ellas ha sido la de no esperar regalos a fecha fija ni poner ilusión en las cosas materiales.

En los días que se avecinan de vorágine consumista, lo más agradable es la búsqueda de las cosas que ilusionan a los que queremos. Y lo más difícil. Porque muchas veces sabemos lo que los demás necesitan, pero no lo que les ilusiona. Sabemos de sus gustos o preferencias, pero desconocemos sus sueños...

La Noche de Reyes, San Valentín, el cumpleaños. Son días de ilusiones , de deseos a punto de cumplirse, de esperanzas sostenidas , de sueños por realizar... Son días mágicos porque todavía no se han cumplido esos deseos o porque hemos despertado de los sueños y seguimos esperando lo que aún está por llegar. Es lo más dulce de tener un deseo. El bandolero lo entiende a su manera sencilla de ver la vida:

-- Esperar es mejor que recibir y soñar mejor que despertar. La esperanza nos alienta, nos hace sentirnos vivos y con futuro... Pero a veces la esperanza se acaba escondiendo dentro de una caja de regalos vacía...

Es verdad. Pasadas las horas felices del descubrimiento, la recogida de los papeles rotos y de las cajas vacías se parece a la deprimente relajación que sentimos después del coito insatisfecho, a la decepción callada,  quizá al sueño ya cumplido que nos ha dejado vacío el almario de los deseos y las esperanzas. Creo que en estos días especiales nos prolongan los sueños y la espera, porque todavía no nos ha golpeado la desilusión. No nos han regalado lo inesperado. No nos hemos decepcionado aún.
Le he llevado al bandolero vino añejo para que llene su bota y una manta de lana de Béjar. Hay fantasmas que no pueden sustraerse a ver cumplidos los deseos mantenidos durante toda una vida...

No estaba en su cueva. Le dejé mi regalo sobre el tronco de madera que utilizaba de mesa en la entrada de la gruta. Cuando salí, encontré un saquito sobre la piedra negra con un papel cosido en el que había dibujado estrellas. Dentro del saquito había semillas de cardamomo, que tan difícil me resulta encontrar en la ciudad para aromatizar mi café.
Mastiqué una de esas pequeñas semillas y volví feliz a casa, con un sabor  entre picante  y dulce entre los dientes y una sonrisa de sueño cumplido.

En esta noche de diciembre, unas semillas de cardamomo me han hecho feliz y me han descubierto que el bandolero conoce muy bien mis ilusiones. Quizá demasiado bien...








miércoles, 9 de diciembre de 2009

Historias del bandolero








  
Navidad e hipocresía.

He ido a ver al bandolero en estos días previos a la Navidad. Y lo primero que hace  es preguntarme cómo la voy a pasar.

-- Pues "tradicionalmente".   Pero no me gusta. Siempre hay alguien solo.  Siempre falta alguien que sdeseamos constantemente tener cerca y que ya nunca volverá... Y luego esa obligación tácita de seguir tradiciones y costumbres que yo querría olvidar porque me cuestan mucho esfuerzo personal.

Le expliqué que es duro interrumpir la batalla para brindar con el enemigo; arrinconar la tristeza de una ausencia para reir con una presencia que no deseamos. Es duro caer en la hipocresía materializada en abrazos a los colegas, risas sin motivo y brindis con quien jamás beberíamos un vaso de agua. Cuando me pongo pijotera, y me da la depre, dejo que el bandolero me ponga los puntos sobre las íes, aunque no me guste nada.

-- Pues tú misma tienes el remedio. Tú no eres hipócrita. Sigue viviendo tu sinceridad  y tu libertad y eligiendo tu compañía...


Le dije que me molestan las risas ficticias, las juergas por decreto y los ritos apolillados. Que no me apetecía comer y beber con quien no como ni bebo a lo largo del año porque no tenemos nada que decirnos. Que odio las fiestas familiares obligadas. Que me gustaría escapar de toda la parafernalia impuesta por la ley del consumo decretada por el poderío económico, que es el que pone la trampa a los económicamente débiles para que generen demanda. Que en esos días me iría lejos de las luces de neón, de los Papanoeles  falsos y ordinarios, de las guirnaldas de purpurina, de los árboles hechos de esqueleto de alambre y plástico, de los cadáveres arbóreos cortados de cuajo para adorno foráneo en salones donde hay demasiado espacio frío y poco espacio humano. Y de los villancicos en CD,  cuando siempre los hemos cantado "a capela" en casa con la pandereta y la zambomba, o con la botella  cuadriculada de "Anís del Mono" y con la maja y el almirez.....

-- Pero eso no lo puedes evitar. Antes se celebraba el nacimiento del Niño Dios. Ahora, con el pretexto de que, según la ciencia, no nació en estos días, la gente aprovecha para tomar  vacaciones extras en el trabajo. Y con el ocio laboral y el ansia de relajo viene la pérdida de las tradiciones después del barrido de las creencias.  Haz lo que te dé la gana. Escápate al monte, escóndete en una cueva para leer esos libros que te apetecen y  comer bellotas en vez de los polvorones que odias.

Le dije que no puedo hacer eso, que al final acabaré reuniendo a mis hijos, como una gallina clueca, bajo mis alas y cocinando para ellos con los que siempre me apetece estar, ya que mis padres se fueron hace tiempo. (Y en estos días odiosos los añoro más que nunca). O acabo buscando  un regalo tonto para mis amigos. Que procuraré no caer en la trampa de todo lo demás: los vestidos de fiesta, las guirnaldas, el turrón, los polvorones, los falsos abrazos, las risas estentóreas, el alcohol a destiempo y la obligada diversión del fin de año...

-- Es que yo no quiero divertirme precisamente el último día del Año. Prefiero otros de los 365 que tiene el 2010...

-- ¿Ves?. Siempre hay arreglo para todo.

Este año sí que sigo su consejo. Tan sólo he puesto  el Belen, pequeñito y con figuritas adoradas que guardaba desde  mi infancia: el pastorcito, la lavandera, el ángel, las ovejas, y los soldados de Herodes. Y un río de papel de plata. Y voy adelantando a los Reyes Magos cada día un pasito hacia el Portal, esperando el 6 de enero. He despreciado el arbolito,  las guirnaldas (que luego nadie me ayuda a quitar) y  las bolitas de cristal... Y voy a hacer un cocido para el día de Navidad, que es lo que apetece con estos fríos. Y el día de Año Nuevo un caldito, y unos huevos rellenos, que es lo que hace años me pidieron en plena resaca y a mí me da poco trabajo.


El bandolero me ha regalado unas bellotas para que adorne la mesa... Las repartiré sobre el mantel de hilo de mi abuela y quedarán más auténticas que los ramitos de flores secas o la brillantina del espumillón.  ¡Qué idea más buena!...Nadie diría que este bandido tiene más de cien años... Y lo de las hojas espinosas de la encina ¡me provoca unaas ideas!...

--¿Ves?. No puedes escapar de la tradición ni del recuerdo. Los adornos, el belén, las bolitas, los polvorones...Es inevitable. Va con nosotros como va el pasado. Está clavada en la memoria. Son prácticas que nos retienen fijos los recuerdos, sin los que caeríamos en el olvido y nos perderíamos en nuestra propia búsqueda...


Esbozó una sonrisa irónica  y se sentó en su mesa de madera a la entrada de la cueva a comer unos alfajores y un vaso de vino. Decía que le sabían a infancia. Le dije que los ritos navideños nos devuelven siempre a la iniñez. Acaso por eso los practicamos un año tras otro. Pero, al cabo, cada año siempre nos falta alguien que nunca volverá a sentarse en nuestra mesa, lo que quita color y calor a la Navidad... Por eso este año preferí ser austera, respetar la tradición sólo en parte y dar gracias  cuando se acabe. Para no avivar demasiado la quemazón dolorosa del recuerdo de los ausentes.

-- Y además, ya era hora de que dejárais de corromper a los niños con vuestra manía consumista y vuestra hipocresía.

Afortunadamente mis hijos son mayores, no se dejan corromper  fácilmente y han heredado este escepticismo materno...Definitivamente estoy deseando que pasen las dichosas Navidades...

Le dejé tumbado en el suelo buscando el lucero el alba y masticando una brizna de hierba. Y lo envidié una vez más...

-- ¿Ves, bandido del demonio?. Tú al menos no tienes esas preocupaciones ni prejuicios...
-  No. Sólo una odiosa soledad.  Pero en contraposición  tengo, al menos, libertad  para recordar y beber cuando quiera...


   No sé si es una suerte o una condena...

(Foto superior: bonjourquebec.com.)

(Dibujo inferior: antoniopezal.net))





jueves, 26 de noviembre de 2009

Historias del bandolero

La sabiduría del silencio


Me fastidia la verborrea insustancial. Cada vez soporto menos a los que hablan por hablar, sin pensar las palabras y a quienes, creyéndose sabios, pontifican cuando abren la boca. Hay incluso quien se cree seguro de saber de todo, de debatir sobre cualquier cosa. Pero son pobres cotorras carentes de sabiduría, que dejan al descubierto su propia igorancia por no callar y por la vanidad que les impide guardar silencio.


Cuando me pongo así de negativa me voy al monte a buscar al bandolero para alejarme de los sin sustancia y los vanidosos. Es como si me perdiera por la calle de los silencios. Y descargo en él toda mi energía negativa, porque él es un fantasma y  no puede afectarle nada...

Esta vez me miró en silencio, encendió una colilla que tenía guardada en la taleguilla y, como siempre, entornó los ojos mirando a la lejanía.

- Tienes razón. Cuando no se tiene algo interesante que decir, es mejor callarse. Pero contra la estupidez y contra los idiotas no se puede luchar...

      Eso también lo digo yo, pero nadie me hace caso. A veces, ni yo misma soy capaz de callar y suelto más de una tontería.

- Si uno sabe callarse a tiempo, aprende de sí mismo y de los demás. Es como más se aprende.


     Me gustaría saber a quién escuchará él ahora, que es un fantasma. Con quién hablará en esa otra dimensión. No sé si los fantasmas se hablan entre ellos y de qué hablarán. Pero me abstuve de preguntárselo porque no me iba a contestar. Y recordé de repente aquel enigma escrito en piedra, no sé dónde, que decía: "Cree al que calla y no al que habla". Pero me cortó mis reflexiones.

- A veces nos pierde la boca si la abrimos inoportunamente. Por eso es mejor tenerla cerrada.

       Me dijo algo parecido a lo que aseguraba el impertinente de Kierkegaard, cuando comentaba la ironía de que, precisamente, a través del lenguaje el hombre se degrada, a veces, por debajo de los que no tienen lenguaje... Pero no le dije nada porque él no entiende de sofismas ni de racionamientos cínicos...

     Volví a casa más convencida de que la mayor sabiduría es el silencio fecundo: el acallamiento de la palabra, el retenerla dentro de nosotros mismos alimentándonos, así , con ella en lugar de lanzarla al vacío. 
     Tengo que preguntarle si él, alguna vez, abrió la boca inoportunamente...


miércoles, 18 de noviembre de 2009

HISTORIAS DEL BANDOLERO






A veces, la vida depende de unas zapatillas.

Tengo un amigo parapléjico, conectado a un respirador, que cuando va en su silla de ruedas debe llevar consigo para que le proporcione el aire que necesitan sus pulmones. Y de vez en cuando agradece una visita y un rato de conversación.

En uno de esos momentos me confesó que lo primero en que se fijó, al salir del coma e incorporarse con ayuda en su cama, fue en las zapatillas deportivas que llevaba la enfermera. Cuando lo sentaron como un fardo en un sillón, volvió a fijarse en lo que calzaban las enfermeras de la UCI. Zapatillas hechas para correr, que les permitían llegar más rápidamente hasta el enfermo.

Me dí cuenta de que, en casos límite, el hombre se fija en las cosas más insospechadas. O de que, acaso, cuando se está entre la vida y la muerte, te das cuenta de que la vida depende de algo tan peregrino como unas zapatillas...O unas uñas demasiado largas para cambiar un catéter... O un trozo de comida demasiado grande... Se lo comenté al bandolero, una tarde de otoño, cuando mirábamos el atardecer. No se inmutó

-- ¿Ahora te das cuenta?...

Pues sí. En el ritmo de vida frenético que llevaba hasta ahora no me había dado cuenta de esas nimiedades.  Pero ahora no sé si son nimiedades o son cosas fundamentales...

-- A veces, la vida sólo depende de un hilo. De un segundo. De unas zapatillas, de un sorbo de agua o de unas uñas demasiado largas.

Dio una chupada a su tagarnina, expulsó el humo y luego siguió hablando:

-- Cuando llega tu hora, si no es por una piedra es por un papel. ¿No te das cuenta de que estamos marcados desde que nacemos?. Pues mientras no dé tu hora en el reloj de la vida, seguirás aquí al pie del cañón. Pero cuando suene, despídete si te da tiempo...

No supe qué decirle. Preferí callar y pensar en "mi hora", que no quiero conocer... Como Woody, cuando llegue mi muerte no quisiera estar allí... Pero que unos zapatos o unas uñas puedan marcar MI hora antes de tiempo me da una cosa...



lunes, 9 de noviembre de 2009

Historias del bandolero





¿CAMBIAR QUÉ?


Me preguntó si había hecho planes como todo el mundo cuando comienza el año. Yo le dije que no. Que ya prefiero no hacerme ilusiones sobre cambios en mi vida que luego no se cumplen.

-- Es que es una tontería. Uno nunca puede vivir una vida nueva. Sólo puede cambiar algunos aspectos de su vida de siempre, la única que se nos da vivir.


Me quedé mirando el horizonte y me acordé de las veces que hemos hecho propósitos de enmienda y volvíamos a los viejos vicios sin enmendar. Me dio la risa, no sé por qué.

-- ¿De que te ríes?. ¿Te has fabricado una vida nueva o qué?.

No. No era por eso. Es que me había acordado de repente de las veces que me he propuesto dejar de fumar, hacer una dieta alimenticia, marcarme una disciplina de trabajo o seguir un calendario de citas con los amigos a los que no veo casi nunca. Se lo dije aguantándome la risa.

-- ¿Lo ves?. Tú misma te ríes de tus propósitos imposibles. Y , además, aunque hubieras dejado de fumar, o de comer, ¿te habría cambiado la vida?.
-- Seguramente sí. Porque se me habría vuelto más dura, más larga, más difícil...sin tabaco ni exquisiteces gastronómicas...
-- Porque seguiría siendo tu vida de siempre, pero más amargada. Todo eso no vale para nada si no disfrutas, si no gozas de cada instante, que es lo que importa... Que hay muertes repentinas, niña.


En ese momento yo disfrutaba con él de un vaso de vino y de unas aceituna sevillanas. Y de ese apelativo cariñoso de "niña". ¿Dios mío ¿cuándo dejé de serlo?.Luego me preguntó si estaba enferma como para privarme de todos esos pequeños placeres, si me iba tan mal en el trabajo como para tener que imponerme una disciplina o si iba a disfrutar más de mis amigos viéndolos con más frecuencia. La verdad es que no tengo más problemas físicos que unos kilos de más, el trabajo no me va mal y cuanto menos veo a mis amigos más los disfruto cuando los veo.

-- Entonces ¿para qué quieres cambiar?.

        La verdad es que para ver si me siento mejor. Pero con sus afirmaciones rotundas me parece que no, Que debo seguir siendo como soy, tener los amigos que tengo contados con los dedos de una mano, comer lo que me apetece y gozar del placer de un buen cigarrillo cuando me lo pida el cuerpo.Y cuando me venga una enfermedad, ya veremos...
      Lo que pasa es que el bandolero no se pone enfermo nunca. Claro, como es un fantasma... un fantasma que no necesita comer ni fumar ni beber. Lo hace para acompañarme, no porque lo necesite. Y todo lo que tenía que cambiar ya lo cambió en la otra vida, la que vivió aquí en el mundo. O se  lo cambiaron aunque él no quisiera...

      Algún día tendrá que contarme esas historias de su pasado...







lunes, 2 de noviembre de 2009

HISTORIAS DEL BANDOLERO




EL DESCUBRIMIENTO DE UNA NOCHE MÁGICA

Empecé hace muchos años a pasear por el monte y recorrer las viejas cuevas legendarias, donde el vulgo decía que había brujas, encantamientos, misterios... Y en uno de esos paseos me encontré con un ser excepcional, que me enseñó mucho en la vida y me hizo ver en ocasiones las cosas como son y no como yo creía verlas. Conforme pasó el tiempo, empecé a recoger por escrito estas conversaciones en la serranía , porque me ayudaría a cambiar muy lentamente mi filosofía de la vida. Y estas Historias del Bandolero son fruto de aquellas noches mágicas en la serranía, a la puerta de la Cueva de los Lobos  y de aquellas conversaciones con un ser de profunda experiencia vital.

Nunca supe si era un vampiro o un fantasma producto de mi imaginación. Me dijeron que, hace muchos años, un bandolero fue abatido a tiros a la entrada de la Cueva de los Lobos por los fusileros del Rey. Me cautivó la historia y subí hasta la gruta, con tienda de campaña, saco de dormir y lámpara de gas...

Fue una noche mágica, no sé cómo decirlo. Cuando miraba las sombras que jugaban con la noche bajo las estrellas, se presentó de improviso. No fue una visión. Estaba allí físicamente. El asombro me paralizó y sonrió antes de encender una tagarnina. Luego se sentó sobre una piedra y me indicó que hiciera lo mismo dando palmadas en la misma piedra. Me senté lo suficientemente cerca como para ver todos sus rasgos pero lo bastante lejos para que no me alcanzara. Tenía miedo de sentir el frío de la muerte...


- No soy ningún fantasma ni chupo la sangre a nadie...

Su voz era perfectamente clara, cálida, segura y profunda. Entonces ¿qué era?. ¿Una visión?. ¿Un delirio mío?. No me dijo nada. Solo volvió a sonreirme y se levantó de un salto estirando sus piernas. Se giró hacia la cueva soltando su última frase:

- Pero hay vivos que sí lo hacen. Y en cuanto a mí, no estás delirando. Yo soy yo aquí y ahora. Mañana no sé lo que podré ser.


Recogí la tienda sobrecogida y decidí volver a casa. Pero antes arranqué una rama pegajosa de jara floreada y la dejé pegada a la piedra donde habíamos estado sentados... Tuve la sensación de haber encontrado un amigo jugando con el tiempo y decidí volver otra noche...

(Foto de la derecha de www.linkmess.com)





viernes, 9 de enero de 2009

Historias del bandolero


Sabor a noche

Dice el bandolero que la noche tiene un sabor especial. Debe ser verdad, porque sólo de noche pueden oirse los grillos, olerse los dondiegos y advertir los gemidos de los amantes. Pero también el aire de la noche sabe diferente en el paladar.

-- Es que, de noche, nos volvemos ciegos con la oscuridad y aguzamos los demás sentidos...

Pues sí. Sobre todo el oído y el olfato. Y los olores acaban concentrándose en el paladar y en la punta de la lengua, después de filtrarse por la nariz.
El bandolero dice que la noche tiene un sabor propio, porque no hay sol que devore todo con su luz y su calor. Es un principio de la nada que no se hunde en la oscuridad gracias a la luna. Pero a veces, cuando se cree nueva después de siglos ahí en el cosmos, se esconde tras las estrellas para no dar la cara creyéndose nueva de verdad.
El bandido considera que las noches estrelladas saben aún mejor. Yo no sé si la noche tiene sabor. Pero sí sé que nos ayuda mejor a encontrarnos y buscarnos a nosotros mismos y a escucharnos y a desnudar el pensamiento. El sol distrae con su luz y nos acelera la vista hacia el entorno. Pero la luna sólo nos ayuda a no tropezar en el camino y a pensarnos a nosotros mismos.
La noche siempre huele más fuerte a yerba mojada, a estiércol, a madera fresca, a yerbabuena, a tomillo y a dondiegos de noche. En las ciudades huele a pan caliente recién hecho o a bizcocho cociéndose en horno de adobe, que se extiende por las calles del barrio.
Así que es verdad que hay un sabor a noche que todavía no hemos aprendido a saborear. Tengo que reconocer que el bandolero, a veces, me descubre cosas sorprendentes.

-- También hay un sabor a madrugada y a tarde. Pero son todos diferentes...

Por culpa del trabajo sólo he descubierto el sabor a noche... Pero ahora que que me he liberado de los influjos de las brujas he empezado a descubrir los sabores de la tarde... El bandolero tiene razón; son diferentes: la tarde, por ejemplo, sabe a jazmín, a calidez veraniega o invernal (cada una bajo su ropaje de estación diferente), a café, a tertulia y a whisky. Es muy diferente, sí...



domingo, 28 de diciembre de 2008

Historias del bandolero


Palabras llenas y palabras vacías

Escucha, muchas veces, el bandolero palabras vanas y nunca sabe dónde está la realidad del verbo ni la verdad que esconden las frases ni lo que significan esas palabras. Pero entiende muy bien cuándo las palabras tienen un significado y cuándo no. Yo le he dicho que hay mucha gente que habla por hablar, sin pensar lo que dice, por el mero hecho de hacerse oir y de oirse a sí misma.

-- Eso será porque se creen muertos. Necesitan sentirse vivos y no saben cómo hacerlo...

Fue un punto de vista nuevo para mí. Sentí, entonces, pena por esos loros y esas cotorras que hablan con palabras vacías, por todas esas personas que necesitan oir sus propias sílabas para saberse vivos. Seguramente porque no saben pensar o no saben vivirse por dentro. De todos modos , sigo convencida de que, cuando no se tiene nada interesante que decir, más vale guardar silencio o escuchar a los que sí sueltan sabiduría por su boca.

-- Pero personas así cada vez hay menos... Así que, según tus convicciones, vais hacia un mundo de mudos...

Le dije que no, que hay gente que cuenta cosas interesantes... Que yo los he encontrado en las calles de la gran ciudad y en los pueblos perdidos en el campo o la montaña... Que he aprendido de la filosofía de una prostituta, cansada de practicar al filo del alba el oficio más viejo del mundo para llenar ese trocito de organismo que llamamos estómago... Y que he escuchado palabras llenas de sabiduría a un pipero, en la madrileña plaza de Lavapiés, abogado a quien un mal divorcio le despertó la necesidad de una vida de mendigo para no tener que pagar pensión. Cambiaba cromos y tebeos a los niños del barrio y, de paso, les explicaba las grandes novelas literarias para despertarles el afán de la lectura. He oído, en definitiva, muchas palabras llenas en gente que no parece conocerlas y muchas palabras vacías en los chamanes que sientan cátedra social y mediática, incluso desde un micrófono...

-- Pues entonces habrás aprendido a escuchar... y a reflexionar...

Pues no estoy muy segura de esto último. Porque estoy convencida de que, en ocasiones, digo muchas tonterías...

lunes, 15 de diciembre de 2008

Historias del bandolero


Condicion maternal

Los hijos siempre te piden ayuda. Suele ser cuando ha pasado el tiempo en que estabas preparado para dársela y nunca te la pidieron. Suele ocurrir cuando, precisamente, ya no estás preparado, en alerta para cualquier emergencia o dentro de una red profesional que puede facilitarte las cosas... Suele ocurrir la mayoría de las veces a destiempo...
Y te sientes impotente creyéndote incapaz de darles ese apoyo que piden. Empiezas a moverte como si tuvieras quince años menos y a comportarte como tu madre en aquellas actitudes que siempre odiaste. Te rebelas contigo misma. Te sientes inútil, ignorante, como si estuvieras fracasando en tu papel de madre o padre... Te sientes imbécil, como un viejo prematuro, al lado de la juventud insultante de ellos y de su pose de suficiencia.
El bandolero no entiende de paternidad. Pero a pesar de eso yo me desahogué con él una noche estrellada a la puerta de su cueva. Sólo necesitaba que me escuchase. Pero también en este terreno tiene su propia filosofía.

-- No te dejes amilanar, no te deprimas. Dicen que los hijos, cuando crecen, son como buitres, a la espera de lo que pueden sacarte...

No. Me negué a ver a mis hijos como buitres, esperando su ración de carroña para poner luego distancia conmigo.

-- No, no soy carroña de buitres... Todavía.
-- No, pero lo serás tarde o temprano. Como todos.

Entretanto, intenté echar una mano a mi hija. Removí viejos teléfonos, recuperé antiguas amistades, di palmaditas en la espalda que nunca había dado y procuré introducirla en mi ambiente, hostil para ella, a la búsqueda de un puesto de trabajo. El bandolero me inyectó serenidad cuando ya tenía los nervios a flor de piel.

-- No te preocupes. Siempre harás todo lo que puedas por ellos. Y siempre te sentirás culpable por no haber hecho más... Pero es la condición humana. Al final, el lazo que os mantiene unidos a todos seguirá firme y bien anudado aunque no puedas conseguirle ese trabajo.

La condición humana. Pero ¿qué sabrá el bandido de hijos y de la condición humana si vive como un eremita dentro de una covacha en medio del monte?. Nunca tuvo hijos, pero prefiero no hablar con él de este tema y seguir tomándomelo con calma. Mi hija, al pedirme ayuda en un momento difícil de su vida, me consideró su apoyo, su cómplice. Y, cuando encontró un puesto de trabajo, intenté seguir ayudándola: al menos creo que la convencí para que no cometiera los mismos errores profesionales que yo cometí en el pasado. De algo tiene que servir ser mayor que ella, aunque tenga que seguir aprendiendo a ser madre...

sábado, 29 de noviembre de 2008

Historias del bandolero


La limitación de los sentidos

A veces me gustaría ver más allá del horizonte. Pero no consigo ver más allá de mis narices. El bandolero adivina mis pensamientos y suelta escuetamente:
-- Es que, a veces, se nos rebelan los sentidos.
Y me saca de quicio, a veces, porque no sé lo que oculta detrás de las palabras. Como si ahorrara lenguaje o no quisiera hablar demasiado claro. Sin dejarme tiempo a responderle, suelta su reflexión en voz alta.
-- ¿No te das cuenta de que estamos limitados por los sentidos?. Lo que pasa es nos rebelamos contra ellos y no podemos luchar contra ellos con materia solamente. Vemos lo que vemos. Oímos lo que oímos y sólo podemos decir lo que sabemos expresar con las pocas palabras que conocemos...
Marina ya decía en su "Teoría de la inteligencia creadora" que "el ser humano siempre se ha rebelado contra la limitación de sus sentidos". Es como si lo hubiera leído, pero no. El bandolero tiene su propia filosofía simple, parda, vulgar...
Es verdad que nos gustaría saber expresar nuestros sentimientos y sensaciones exactamente como las percibimos, ver más allá del horizonte de los ojos del ser amado, oir abrirse a una flor, sentir entre nuestros dedos la vida que porta el polen de una rosa o atrapar una sola gota de agua en la palma de la mano. Estar limitados por nuestros propios sentidos, al cabo nos parece estar enjaulados en una cárcel de carne y huesos que nos impide llegar con la mente adonde no llegan los sentidos.
Pero eso de momento nos está vedado. Habrá que esperar a ver, oir, hablar y sentir exactamente lo que vivimos y sentimos cuando estemos al otro lado de la vida...



viernes, 31 de octubre de 2008

Historias del bandolero


La sabiduría de la edad

El anciano del pueblo me dijo que nunca más volvería a un hospital. Ni aunque se estuviera muriendo. Había estado internado largo tiempo, porque el corazón le estaba fallando y necesitaba un parche en la máquina del cuerpo. Me dijo que le habían tratado como a un niño. O como a un loco.
Había sido catedrático de Antropología y Sociología y decano de una facultad donde en el Mievo decían que se había instalado el saber. Pero en el hospital sólo había sido un viejo enfermo a quien los jóvenes sanos trataron como a un cachorro.
Me dolió el relato del viejo catedrático y se lo conté, con ese dolor, al bandido.
--Es que en la sociedad de hoy, en la que tú vives, no sabéis respetar a los ancianos... En mi época eran ellos los patriarcas y los demás les debíamos obediencia. Que sabe más el diablo por viejo que por diablo...
Sabrá mucho, pero el saber no pesa y los años sí. Me duele que en el autobús nadie ceda su asiento a un anciano, que pocos se levantan de su silla en el ambulatorio para cedérsela a una anciana que apenas puede andar. Y que nadie, nadie, pide consejo a un anciano hoy y hace una mueca despectiva si el añoso se lo da sin haberselo pedido.
El bandolero me escuchaba masticando "palolú" y exprimiendo su jugo al regaliz. Y dejó de mascar para hacerme una pregunta:
-- ¿En tu madurez, tú les pediste consejo alguna vez a tus padres?.
Le dije que sí. Que lo hice con frecuencia. Y que ellos siempre me dieron su opinión sensata y al día. Y que me sentí muy unida a ellos cuanto más años cumplía. Debía de ser el lazo con la infancia que se reforzaba con la edad. Y le conté el dolor inmenso que sentí cuando les cerré los ojos al final de su vida que me ha dejado una cicatriz que se abre de vez en cuando y nunca, nunca cicatriza. Dejó de mascar el regaliz y miró al horizonte.
-- Mejor que esas heridas no cicatricen nunca. Ese será el recuerdo -doloroso pero recuerdo- que nunca se borrará...Los ancianos son la sabiduría y el conocimiento. Pobre desgraciado el que los ignora...

viernes, 17 de octubre de 2008

Historias del bandolero


El poder de un olor



Cuando llegué aquella noche a su cueva, me estaba esperando con una vara de nardos en la mano. Le dije que se parecía a Antoñito el Camborio, que "con una vara de nardos/iba a Sevilla a ver los toros"... No sabe quién es pero le da igual.

-- Es para tí. Sé que te gusta esta flor.

No sé dónde consiguió aquel invierno la vara de nardos, pero me envolvió con su aroma. Me miró complacido llenando sus ojos con mi sonrisa y mi cara de placer al aspirar aquel olor. Le dije que me gustaba oler largo rato los nardos y los jazmines, que me traían a la memoria recuerdos de infancia y me despertaban un deseo irrefrenable de volver a ser niña.

--Los olores también son recuerdos. La memoria se alimenta de todo: olores, sabores, sonidos, imágenes, palabras...

recordé de repente el olor a jazmines en el otoño sevillano o el de azahar en primavera. El olor a vinagre y pepino del gazpacho en verano. A pan tostado con aceite por las mañana de primavera, verano, otoño e invierno. Y el olor a carbón quemándose en la cocina donde hervía el cocido. Y el de las tortas de aceite recién hechas en las tardes de otoño... y el de la tierra mojada en Galicia.. y el olor a yerbabuena y ron en Cuba y a castañas asadas en todos los lugares del inviernos.. y al perfume "Tulipán negro" que usaba mi abuela y a "Maja" de mi madre...

Tiene razón el bandolero. Con aquella vara de nardos me permitió viajar a través del tiempo hacia la infancia que volví a vivir en unos instantes. Él también hizo un viaje en el tiempo.

-- A nardos olía una moza que yo amé mucho... Se los escondía en el escote.

Me dio una idea seductora y maligna. Esconder un flor en el escote. A fin de cuentas es una comunión con la naturaleza. Lo único triste para mí es que una flor es hermosa siempre, pero siempre es un cadáver reciénte que empieza su período de putrefacción en el mismo instante en que la cortamos.

-- Ya sé que la flor cortada es un cadáver. También lo es una flor seca. Yo sólo quería regalarte un recuerdo en el olor. Sólo eso.

Sólo eso. Y todo eso. Porque me había regalado un atoma que me trajo media infancia a la memoria.. ¡Hay que ver lo quepuede llevar consigo un olor!.

sábado, 27 de septiembre de 2008

Historias del bandolero


Gravosa gratitud



Al bandolero no le gusta ayudar a los demás. Dice que eso esclaviza alos demás a nuestra propia generosidad. Que cuando ayudamos a otro, le obligamos a dar las gracias o, de no darlas, a conservar siempre un odio en su interior. No entendí lo del odio...


-- Mira cuando ayudar a alguien, se abren dos caminos: el que levará al necesitado a estar agradecido, esclavizado a tu generosidad, o el que lo llevará a odiarte por su flaqueza y su obligación a aceptar tu ayuda... Y ninguno de los dos es buen camino para tu futuro y para el de él.


Recordé la fábula de "El crisantemo y la espada" de Ruth Benedict, en la que un japonés temía ayudar a otro porque, de hacerlo, le imponía una deuda de gratitud que podría resultar gravosa...


-- Ayudar es, en cierto modo, esclavizar a quien ayudas a provocarlo un odio cuando descubre su carencia, su debilidad, su posición de inferioridad... Y su obligación a aceptar tu dádiva, tu regalo... ¿Lo entiendes ahora?.


Muy bien. Pero me niego a aceptar esa teoría. La solidaridad dejaría de existir. El amor fraternal también. Y los hijos acabarían odiando a sus padres por la mera y necesaria dependencia de ellos en su infancia. Se lo recordé al bandido.


-- En tu sociedad, es posible que hayan cambiado algo las cosas. En la sociedad que yo viví la miseria humana era más evidente.


Pero no es una cuestión de miseria. Es más bien una cuestión de limpieza de espíritu, de saneamiento del alma y de la conciencia.


-- Cuando hay hambre, amiga, no se siente la conciencia. Sólo el dolor que te muerde el estómago.


Le pregunté si alguna vez le había mordido el hambre de verdad y me dijo que sí. Luego recordó que, en alguno de esos momentos, alguien palió su dolor con un mendrugo de pan duro. Y se quedó callado. Creo que entendió, de repente, la solidaridad, la fraternidad. Y le conté la fábula del crisantemo y la espada. Al cabo me preguntó:


-- Y a tí ¿no te pesa llevar encima esas deudas de gratitud?.


A veces sí pesan. Pero sólo cuando se siente la soledad como un dolor, y no como una necesidad, se olvida el sobrepeso y se supera el mal rato. Siempre es necesario, en esos momento, tener esas deudas impagables. Porque son señal de que seguimos siendo uno entre tantos y no vivimos en una eterna soledad cósmica.


jueves, 4 de septiembre de 2008

Historias del bandolero


La memoria no pesa


A veces se olvida lo almacenado en la memoria. Lo llevamos con nosotros mismos, como un equipaje invisible y desconocido que, a veces, aflora como un lastre que nos abruma. Otras veces, surge como la tabla salvadora para el naúfrago que somos en el mar a veces picado de la vida...

Lo que ocurre es que, en ocasiones, la memoria puede ser un explosivo, una bomba de relojería que nos puede estallar en el interior, arrasando con los recuerdos. Y nunca sabemos cómo ni cuándo será. Intento explicar mis reflexiones al bandolero, dudando si me entenderá.

-- No te preocupes, los recuerdos no hacen daño. A veces sólo nos irritan, pero eso no significa nada. Si acaso que aún seguimos vivos y no hemos borrado el pasado que nos ha moldeado.

El bandolero tiene una increíble facilidad para simplificar los conceptos. Pero no entendí demasiado bien lo de seguir vivos con el pasado a cuestas. Borrar el pasado es imposible.

-- Pues se puede. Te lo digo yo, que he conseguido borrar en mi memoria parte de mi pasado desagradable...

-- Eso es imposible. Lo habrás almacenado en el subsconciente, pero no borrado...

Comprendo que el bandido no quiera traer a su memoria fechorías y sufrimientos. Pero parece leerme el pensamiento:

-- Y no me refiero a mis delitos, sino a otras cosas desagradables que no me hubiera gustado vivir...

No quise preguntar a qué se refería. Pero me imaginé que no querría hablar de aquello que "había olvidado en la memoria". Y, mientras tanto, yo seguía convencida de que, a veces, la memoria pesa como un fardo sobre las espaldas de nuestra mente, y sólo los recuerdos resultan ligeros... O ¿son los recuerdos los que pesan?... De cualquier manera, hay un bulto que ocupa demasiado en nuestro "almario". Y él volvió a hablar en preciso instante:

-- Los recuerdos nunca son una molestia. Hasta los más desagradables resultan positivos. Porque, si los sabes archivar bien aquí, en la mollera, acaban convirtiéndose en experiencia. Y eso te va modelando poco a poco. Tú, ahora mismo, eres lo que tus errores y tus buenos y malos recuerdos te han hecho aprender y corregir en la vida. Sólo exigen un buen uso en el futuro, que es cuando los recuerdos empiezan a existir... En el pasado no hay recuerdos, en el presente aún no se han convertido en pasado. Sólo en el futuro son útiles y necesarios. No los desdeñes...

No, si yo no desdeño los recuerdos. Pero, muchas veces, se me olvidan. Tengo la memoria floja, pero supongo que eso también forma de la vida. Y condiciona nuestro futuro, que es cuando los recuerdos acaban siendo necesarios... Pero a veces nme parece que estoy caminando hacia la niebla. Y me da miedo andar por la vida sin recuerdos.

miércoles, 20 de agosto de 2008

Historias del bandolero



Una compañía

Tenía una rosa roja en un vaso con agua sobre mi mesilla. Y una nota: "Te quiero"- Yo sabía que significaba un simple "te necesito" o "sigue siendo mi costumbre". Me quedé desconcertada. Y así lo pensé en voz alta ante el bandolero una noche nublada.

- Más bien os habeis convertido en una costumbre el uno para el otro. Pero eso no es malo...
No sabía si era malo o no, porque la costumbre, la cotidianeidad acaba con la pasión, con las ilusiones, con las esperanzas. Pero el bandido siempre contagia serenidad.
- Que eso no es malo, chiquilla. Más vale vivir en la costumbre que en la pelea de una nueva doma...
No le entendí al principio. Yo siempre he creído que valía la pena luchar por lo que crees y quieres. De repente, el bandolero me echó abajo todas mis ideas y mis creencias sobre la pareja.
- No seas idiota. Cuando tienes a un hombre a tu lado, que te regala rosas a pesar de los años y a pesar de los pelos despeinados de los despertares, y a tí te sorprende que lo haga, es que hay algo que os sigue uniendo. Seguramente vuestros aspecto no es el que deseariais. Pero habéis llegado a un momento en que tú sabes lo que él piensa y él sabe lo que tú deseas cono sólo miraros... Y eso es un trabajo de muchos años de convivencia. No lo desperdicies por lo desconocido...
Pasé toda la noche en vela. Y al día siguiente, cuando volví a verlo al atardecer, me quejé de que no había dormido intentando entenderle. Y fue tan claro, tan convincente, en ese momento que no me pareció un fantasma.
- Cuando te ha costado tantos años domesticar a un hombre -con lo difíciles que somos de domar- ¿vas ahora a repudiar a éste para pasar el resto de tu vida sola?. O ¿para empezar a domar a otro?. Es mucho trabajo para tí a esta edad...
Como siempre, tenía razón. Anda que no da trabajo enamorarse de nuevo a los 50... En esta frontera sólo estamos para mimos y soledades, compartidas o no, deseadas o no.

miércoles, 6 de agosto de 2008

Historias del bandolero

Más de lo que necesitamos
Era el hombre más fuerte que yo había conocido. Era un hombre atractivo, prometedor, con experiencia a pesar de su juventud, alegre y perspicaz. Luego cambió. Me sentí algo defraudada. Se lo conté al bandolero una noche de depresión. Y él me disparó su filosofía parda de años.

-- Pones demasiada ilusión en todo. Demasiado entusiasmo... Por eso te estrellas.

Sintió mi mirada taladrante, desvió la suya y entonces yo me sentí idiota... Pero cortó de repente esa sensación.

-- Cada uno es como es. Sólo hay que aprender a aceptar a los demás como son, sin intentar cambiarlos... Si lo consigues, puedes tener una buena cohorte social...

Le dije que yo no quería ninguna cohorte, sino tan sólo una compañía para mis momentos de soledad, una pasión cuando el sexo añoso pida compensación o pida solamente una muestra de vida para comprobar que aún no se está muerto. Y nada más...

-- Pues entonces no te quejes con lo que tienes ni pidas más... Es suficiente... Y mírate. Tienes. Que ya es mucho para quien no posee nada de nada, ni siquiera sensibilidad...

Miré mi entorno, revisé lo que tenía: un oído para escuchar a veces lo que pienso en voz alta, un hombro donde apoyar mi cabeza, una persona que me discutía, me elogiaba y me regañaba, que me daba su opinión y que me llamaba gilipollas cuando lo era. Así me di cuenta de que tenía mucho más de lo que se necesita y mucho más de lo que otros tienen. Y de que no tenía derecho a quejarme. El bandolero, a veces, ve cosas que yo no veo, o , acaso, las ve antes de que las perciba yo misma.

Cuando llegué a casa tenía sobre mi mesilla una rosa roja en un vaso con agua... ¡Qué raro!. El bandolero nunca sale de la serranía.... Y al dueño del hombro donde apoyo mi cabeza no le gusta regalar flores cortadas...



domingo, 27 de julio de 2008

Historias del bandolero




Cumpleaños de esperanza

Yo no sé si el bandolero cumple años o sueños. Le he llevado una botella de vino, tocino ahumado y un bizcocho para celebrarlo, sea cuando sea y cumpla lo que cumpla. Sé que es lo que más le gusta para almorzar.

El ya ha olvidado su edad y no sabe cuántos años, cuántas décadas, ni cuántos sueños ha cumplido. Ni siquiera recuerda si nació en invierno o en primavera, ni si alguna vez alguien le hizo un bizcocho para celebrar algo. Yo he querido recordarle que hay que celebrar la vida de vez en cuando, hay que agradecer al Cielo que nos deje seguir viviendo y riendo y bebiendo. Por eso llené los dos vasos de vino y brindamos por la vida... Y antes de beber me sonrió:

-- Quien cumple años con gracia, como tú, tendrá una vejez plena de esperanza.

No sé dónde había leído yo algo parecido que auguraba una vejez digna y larga como la de Caronte.

--Y ¿quién era ese Caronte?.

Me costó explicarle lo de semidiós guardián de la Laguna Estigia y conductor de las almas a la otra orilla del Más Allá.

-- Tienes que contarme esa historia algún día...

Nunca se la he contado. Pero aquel día nos comimos el tocino y el bizcocho y nos bebimos la botella de vino añejo. Luego me deseó felicidad con sus mejores palabras, las más bonitas que le había oído hasta entonces.

-- Que sigas avanzando en la vida con alegría y dignidad. Y que nunca te falte un viejo libro para leer, viejos leños para quemar y quitarte el frío de tus huesos, viejo vino para saborear despacio y... viejos amigos para conversar...

Luego me puso la mano en el hombro para despedirse y se metió en la gruta satisfecho y alegre. Yo miré al cielo y aquella tarde las estrellas, que empezaban a asomarse, me hicieron un guiño especial. Respiré hondo y pensé que no es tan malo envejecer.

jueves, 26 de junio de 2008

Historias del bandolero


La otra ciudad

He vuelto a ver al bandolero para insistir sobre esa ciudad extraña, incógnita, llena de callejones sin salida, que estamos construyendo en los países ricos y con desarrollo tecnológico Me asusta ver ese ejército de desheredados y vagabundos que deambula junto a nosotros como sombras que arrastrasen nuestros pies, a nuestro pesar. Me asusta que se conviertan en fantasmas pegajosos, que acaben acosándonos a los que seguimos queriendo construir una sociedad a base de tecnología y desarrollo... acelerado, dicen.

- Eso no se puede evitar, ya te lo he dicho. Siempre habrá pobres y ricos...

Pero ¿ no estaremos nosotros, los tecnócratas, los empleados con suerte y sueldos fijos, los navegantes de espacios informáticos, fabricando un mundo de fantasmas errantes?. ¿No estaremos volteando la Historia, dividiendo la sociedad en vivos agonizantes y muertos vivientes?. ¿No estamos sustituyendo al hombre por la máquina?.
-- Eso es una tontería. Tú no tienes la culpa. Sólo intentas sobrevivir, porque tú no eres miserable. Yo tampoco. Por eso seguimos pensando, imaginando, esperando y proyectando. No hemos perdido la esperanza en el futuro y queremos moldearlo, para que nos nos pille de improviso.Por eso sobrevivimos...
--Yo ya no sé si sigo manteniendo la esperanza en el futuro. Tengo miedo a convertirme en un vagabundo miserable...
-- Ese miedo te salvará. Ellos ya no tienen miedo a nada ni esperan nada...
--Y ¿quién les ha empujado a eso?.
-- Nadie. Ellos solos han bajado a los subsuelos de su miseria de espíritu...
No sé si es verdad. Pero me da miedo, a veces, la gran ciudad y su ejército de desheredados que vagabundean con pasos perdidos que no les llevan a ninguna parte. Muchos visten traje, corbata y zapatos caros, muy caros para ese vagabundear por la vida. Expulsados de sus casas, muchos de ellos, rechazados por la sociedad y aplastados por la vorágine de conocimientos que intentan empaparnos, pueden llegar a convertirse en zombies ignorantes que acaben devorándonos a quienes aún sobrevivimos sin ahogarnos en la miseria.
Si esto ocurre, estaríamos perdidos porque la sociedad habría vuelto a la caverna y el ordenador habrá sido aplastado por el sílex. Y nadie podrá recuperar toda esa información almacenada durante siglos, que "se diluirá como una lágrima bajo la lluvia..".

sábado, 14 de junio de 2008

Historias del bandolero



Miseria y voluntad

Vivimos en la ciudad de los pasos perdidos, en un país desesperado de callejones sin salida, interior e incógnito... Con el desarrollo, hemos fabricado un ejército de desheredados, de miserables, de excluídos, de solitarios convertidos en sombras pegadas a nuestros pies o a nuestros ojos, ciegos a lo que no quieren mirar. Hemos creado, sin darnos cuenta, una raza de deprimidos, de desclasados, de exiliados y de aislados, como leprosos modernos a los que cerramos los ojos para no conocer su existencia.

-- Siempre ha habido pobres y ricos. Y los mendigos seguirán existiendo, como los enfermos y los borrachos...
El bandolero es expeditivo y realista, pero oculta sus sentimientos para no ser vulnerable. Le digo que él también es un desheredado, un miserable solitario excluído de la sociedad. Pero se niega en redondo a ser incluído en ese ejército.
--Miserable, no. Porque yo me conformo con lo que tengo y no ambiciono nada. Y estoy solo porque quiero y no admito más compañía que la de mi perro y la tuya cuando me apetece. Y no puedo ser desheredado porque jamás tuvo nada que heredar ni hubo legado alguno para mí...
-- Y ¿qué pasa con los que no desean estar en esa situación de desclasado y son obligados a ello?.
-- A nadie pueden obligar a la miseria porque ésa se lleva en el corazón. Nos pueden abocar a la pobreza, a la penuria, pero no a la miseria. Á ésa llegamos nosotros solos voluntariamente...
El bandolero no entiende que el sufrimiento, el fracaso y la pobreza pueden provocar la miseria en el alma humana por más que intento explicarlo.
-- No me convences. Nadie pierde su libertad y la no-miseria, si no quiere... Aún pobre y preso, la mente sigue siendo libre y puede imaginar... y puede sentirse satisfecha con lo que tiene, aunque sólo sea la compañía de una miserable rata...
... Pero puede no-esperar, des-esperar y cegarse a la vida y abocarse a la miseria...
-- A la miseria nunca. Ya te lo he dicho. Sólo es miserable quien se deja derrotar y abatir y quiere permanecer de rodillas. El hombre es suficientemente fuerte para resistir esa lucha...
Me enterneció el bandolero mientras abría unas bellotas que, ese día, eran todo su almuerzo. Luego se tendió sobre su manta jerezana y se adormeció mirando el cielo sereno y estrellado, con las manos cruzadas bajo su cabeza.